“Sonata de estío” de Ramón del Valle-Inclán

Por: Víctor Daniel López  < VDL >

Sonata de estío”, del escritor Ramón del Valle-Inclán, es el segundo libro de los cuatro que conforman sus “Sonatas”: 1) Sonata de otoño, 2) Sonata de estío, 3) Sonata de primavera y 4) Sonata de invierno. En todas ellas narra las memorias del personaje ficticio “el marqués de Bradomín”. En estos cuatro tomos, el escritor gallego modernista, y que al final de sus días fue parte también de la gran Generación del 98 (Unamuno, Machado, Pío Baroja, Ganivet, Benavente), logra una prosa exquisita y elegante que mezcla un mundo melancólico con el realista, para poder así generar una nueva forma de expresar los sentimientos. La belleza radica en las imágenes que Valle-Inclán nos va mostrando, imágenes sobre paisajes, sobre ciudades, sobre los hombres siendo hombres. El modernismo, dentro de la literatura, se caracteriza por hacer una innovación en el lenguaje y en las reglas gramaticales y de métrica, pero sin dejar que éste sea refinado y lineal, y uno de los mejores representantes que logró demostrar esto fue precisamente Valle-Inclán.

Con sus “Sonatas” es que el escritor gallego se adentra oficial y formalmente al mundo de las letras. Publica las cuatro en un lapso de cuatro años (1902-1905), cada una independiente su historia, pero todas ligadas al mismo personaje del que ya he hablado, y la relación de éste con sus amores del pasado, sólo que en diferentes lugares y etapas de su vida, que son representadas por las estaciones del año (la vida del mundo). “Sonata de primavera” rememora su juventud en Italia; “Sonata de estío” nos arroja a México en su primera madurez; “Sonata de otoño” se centra en la madurez plena que alcanza en su bella Galicia natal y en donde las hojas de los árboles cobran los más bellos matices para fundirse con el rojo cielo del atardecer; y por último, “Sonata de invierno” trata acerca del frío, la lluvia y la soledad que habita en su vejez, y en la de cualquiera. Además de las estaciones que van cobrando forma en las edades del marqués, y de sus amores sumamente pasionales en cada una de las etapas, los temas que además se exploran en estas cortas novelas son el deseo, el erotismo, la patria, el nacionalismo, la nostalgia y el sentirse extranjero.

Sonata de estío”, de la que hablo específicamente en esta reseña, quizá es su obra mejor lograda. Allí relata el viaje que hace el marqués desde Londres hacia México, en un navío que al final alcanza a llegar al puerto de Veracruz, y en donde se ven adentrados sus hombres a una tierra que les remonta a su lejana Galicia, mágica y verde, pero que también les hace sentir, como nunca, extranjeros, y entonces la añoran, le lloran en silencio. El choque de culturas es fuerte para ellos, y aunque hay semejanzas algunas, jamás logran sentirse en casa. El marqués de Bradomín ha decidido emprender aquel viaje para olvidar sus amores pasados, que le fueron todos desgraciados y que no hicieron otra cosa más que traerles penas y malos recuerdos. Decide embarcarse en el navío que lo llevará a México, plantándose como objetivo hallar un nuevo amor que sea capaz de hacerle creer de nuevo, cosa que logra inmediatamente al ver por primera vez a la hermosa criolla niña Chole, quien despierta su deseo más profundo, y, como siempre ocurre en esos amores intensos, atados a él con clavos despertarán también los celos. La niña Chole, que bien podría cargar con la figura de femme fatal, ha mantenido siempre una relación sexual con su padre, el temible general Bermúdez, y esto despierta más el interés erótico del marqués, pero así mismo, engendra una forma de amor paternal, un deseo inmenso de protegerla, tratarla bien y darle cariño. Es entonces cuando comienza una aventura para los amantes: de huida, de pasión, de esperanza. La propia reconquista del marqués es el tema central, tal y como fue la conquista española que se llevó hace mucho tiempo al arribar en aquellas mismas tierras mexicanas que tan bien describe Ramón del Valle-Inclán.

Sonatas de estío”, puede conseguirse a través de Fondo de Cultura Económica, quien acaba de lanzar el primer ejemplar digital a un precio sumamente económico ($8). Es una lectura que merece la pena, y en la que uno logra deleitarse ante tanto erotismo y amor convertidos en prosa, una prosa que entonces se le consideraba moderna, pero que hoy en día, sus elementos que la hicieron elegante y sutil, con reformas en su lenguaje, ya nos parecen lejanos. Los años han cobrado factura, pero lo bueno del arte es que siempre podemos volver a su mejor estío.

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Reseña de “La muerte se va a Granada” de Fernando del Paso

Por: Víctor Daniel López  < VDL >

La muerte se va a Granada” es el drama en verso, y en dos actos más un final, escrito por el mexicano Fernando del Paso en 1998 para conmemorar el centenario del natalicio del gran poeta español, Federico García Lorca. En este libro, Del Paso, con su pluma magistral y su estilo tan único que lo caracteriza, logra recrear los últimos días del poeta: justo cuando es arrestado por la Guardia Civil al ser acusado por “ser espía de los rusos”, por haber sido secretario de Fernando de los Ríos y por ser homosexual. Justo en ese año estaba comenzando la Guerra Civil española, y Granada, la bella Granada de Lorca, fue la ciudad en donde se originó el Golpe de Estado de julio de 1936 y que habría de llevar a la caída del barrio de Albaicín, quedando así bajo control por los sublevados. En los meses posteriores, Granada se vio obligada a sufrir la represión por parte del régimen de Franco, que se dedicaba a arrestar, e incluso ejecutar, a todo residente de allí que fuera izquierdista o republicano, o incluso solamente pareciera sospechoso de serlos. El año pasado (2018), Fondo de Cultura Económica sacó una nueva edición que, si uno es amante de la poesía de Lorca, no se debe dejar pasar.

Fernando del Paso logra un hermoso y grandioso homenaje a Lorca con este drama teatral en el que relata desde los días previos a su arresto, hasta el momento de su fusilamiento en la madrugada del 18 de agosto, de camino a Alfacar por Víznar: sus últimos días en medio de una guerra que habría de extenderse por el tiempo y territorio español, a punto de compartir protagonismo con lo que sería casi la Segunda Guerra Mundial. Sus horas contadas, dando fin así a uno de los más grandes poetas que ha tenido España y el mundo entero. Del Paso relata tal acontecimiento atroz con un toque de dulzura, con proeza, con una poética sublime y rodeada del simbolismo con que cargaba la poesía de García Lorca, haciendo referencias a sus inmortales versos, logrando resucitarlo por ese breve momento en que uno lee y lee sin querer detenerse, hasta casi lograr sentir el suspiro de Lorca en la mirada, en el recuerdo y el corazón; un suspiro que exhalaba el poeta por su antigua Granada, tan bella con sus calles angostas y empedradas, con sus preciosos edificios que aún guardan entre sus paredes el paso en ráfaga del islam, con sus flores coloreando el suelo y los cielos de los más bellos y alegres (aunque no para entonces) matices; su gran catedral donde se encuentran durmiendo el sueño eterno los Reyes Católicos; su impresionante Alhambra, considerado como uno de los palacios más bellos del mundo; sus plazas, sus fuentes, sus noches y días, con sus atardeceres y amaneceres. La bella Granada, que tanto García Lorca amaba, como el color verde (que te quiero verde).

La muerte se va a Granda” resulta ser un acercamiento del triste momento en que Federico García Lorca y La Muerte se encuentran, allá, en Granada, cerca de Sierra Nevada. Pero Fernando del Paso convierte aquella tristeza y aquel dolor de la España entera en un grito de poesía, y entonces, hace recordarnos a todos que el poeta grande que escribió “Gacela del amor desesperado” y su “Romancero gitano” jamás murió, jamás lo fusilaron, solamente trataron de callarlo sin éxito alguno, pues su poesía sigue haciendo vibrar los corazones, sigue danzando en los aires, y a través del tiempo… aún sigue y seguirá viviendo.

“La muerte se llega, llega,
y se llega, llega, llega,
camino al pueblo de Víznar,
camino de Aynadamar,
la muerte recién bañada,
salida de un fontanar,
la muerte recién llegada
con mariposas de luces
prendidas al costillar

Ay la muerte, que se muere
y se muere, muere, muere
porque se quiere casar
con Federico el poeta
camino al pueblo de Víznar
camino de Aynadamar.

¡Ay Federico García!
¡Ay que te llega la hora!
¡Ay que se te va llegando
la muerte que te enamora,
la muerte madrugadora!

Ay la muerte que se quema
y se quema quema quema
porque se quiere besar
con Federico el poeta
camino al pueblo de Víznar,
Camino de Aynadamar.

Ay la muerte, que se pone,
y se pone pone pone
su corsé de niebla albar,
sus pestañas de ceniza
y mil huecos como ajuar,

… porque se quiere, ¡ay se quiere!
porque se sueña, ¡ay se sueña!
y se sueña sueña sueña
casada con Federico
camino al pueblo de Víznar,
camino de Aynadamar,
toda vestida de blanco
y perfumada de azahar.

La muerta que sueña y quiere,
la muerte que quiere y quiere,
y requete quete quiere
un paredón como altar…

… y por el camino a Víznar,
camino de Aynadamar,
tres metros bajo la tierra
con Federico yogar.

¡Ay la muerte muerte muerte!

                                       | Del libro “La muerte se va a Granada” de Fernando del Paso |

 

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Belleza y Virtud, de las Culturas Antiguas a la era del Neoclasicismo

Por: Víctor Daniel López  < VDL >

Belleza y Virtud” es el nombre de la exposición que está presentándose desde el 21 de diciembre en el Museo de Antropología Nacional de la Ciudad de México y que permanecerá hasta el 28 de abril de 2019, bajo la curaduría de Karina Romero. La conforma una preciosa colección, considerada como de las “más bellas de escultura grecorromana fuera de Italia”, y que consta de más de cien obras de museos británicos y mexicanos, como el World Museum, Lady Lever Art Gallery, British Museum, Antigua Academia de San Carlos y el Museo Soumaya, tanto del periodo clásico, como del neoclásico; en este último, participando obras de grandes artistas como Nicolas Poussin, Sir Joshua Reynolds, William Daniels, Gustave Doré, Giovanni Domenico Campiglia, John Gibson, John Fauxman, Vincentius Votier, Bartolomeo Cavaceppi y Giovanni Battista Piranesi.

El objetivo principal de la exposición es mostrar la esencia central del Neoclasicismo, movimiento que surgió en Europa en el Siglo XVIII, retomando las principales ideas y cánones estéticos de las culturas antiguas, especialmente de Grecia y Roma. En aquellos años, se vivía el denominado “Siglo de las Luces”, llamado así por el cambio que se quería lograr en la sociedad, erradicando la oscuridad de la ignorancia con la luz del conocimiento, sustituyendo a Dios y la religión por los avances revolucionarios y la razón. Países como Inglaterra, Alemania y Francia comenzaban a organizar viajes de expedición hacia las tierras que albergaron las grandes civilizaciones occidentales que hicieron historia en el mundo intelectual, filosófico, religioso y del arte. Había una sed de conocimiento por entender sus culturas, acercarse a su pensamiento y poder entenderlos; tanto fue su interés, que comenzaron a desplazar las obras de sus tierras de origen para llevarlas a sus propios países, y así pudiera la gente que no podía permitirse viajar, acercarse también a ellas. Así fue como surge este movimiento que trata de rescatar todo ello, de volver a las raíces, como en su momento lo hizo el Renacimiento. Así, la Ley del Péndulo: el hombre está destinado a siempre volver. Como el mito de Sísifo, subiendo la piedra por la colina para que, al llegar, se la dejen caer, y entonces de nuevo tenga que volver a empezar, así por toda la eternidad.

En la muestra presentada, se podrán observar obras pertenecientes desde el Siglo IV A.C. hasta el XVIII D.C., mostrando precisamente la relación entre una época y la otra, el redescubrimiento de lo antiguo, el retomar de nuevo el culto a lo sagrado y lo estético, pero en ese siglo posterior más por un interés meramente intelectual que religioso. Van desfilando por nuestros ojos bellas obras que escenifican el misterio asombroso de la mitología griega: Apolo, Zeus, Afrodita, Atenea, Heracles, Medusa, Hermafrodita, Dionisio junto con sus sátiros y bacantes. Las obras resplandecen de belleza. Todas cuentan su propia historia. A las más antiguas, se les nota el paso del tiempo, y cómo éste hizo de las suyas (incluso lo hace hasta con el arte). Todo pasa y nada es eterno. A varias se les ve también intervenidas, para que así logren contar la historia completa, aunque en los tiempos de hoy pueda tener otra interpretación, aunque ahora ya no se le considere espiritual y sagrado, pero lo entendemos a nuestro modo, al fin y al cabo, los sentimientos del hombre son y serán siempre los mismos: antes, ahora y por siempre. De eso no hay duda, y, por lo tanto, podemos conectarnos de alguna forma con el corazón de los griegos, e incluso el de cualquier otra cultura.

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La cabeza de Medusa tallada en un bloque de mármol que logra helarte la sangre con su mirada de piedra, con sus serpientes de piedra y sus labios, no semejantes a los de una mujer, también de piedra. La misma hechicera ha sido presa, al final, de su propio embrujo. Afrodita, Venus, la nacida de la espuma de mar, tan bella como siempre en cada una de sus desnudas representaciones, pero quizá más, en aquella donde la cargan dos bellos cupidos, siendo símbolo del amor, del erotismo y la más grande belleza; también hubiera sido igual de perfecta aquella otra que sale incompleta, pues le amputaron a sus dos cupidos que aparecían succionándole la leche de los senos, y entonces, en los tiempos de su descubrimiento, fue que la consideraron un tanto vulgar. Atenea, poderosa e imponente, pareciendo no tener misericordia con nadie y estando lista para cualquier guerra, cualquier conflicto entre los hombres y los hombres, entre los hombres y sus dioses. Jarrones neoclásicos, al estilo griego dionisiaco, pintados delicadamente y con buen estilo al blanco, negro y dorado. Una representación, no tan bien lograda ni en lo más mínimo a la de Antonio Canova, de Eros y Psique, pero la que sí resulta ser para mí la pieza más bella de todas las salas, es aquella que muestra a un joven, Eros, acariciando con su mano izquierda a una bella mariposa que posa sobre su pecho desnudo, mientras que la mano derecha se le captura sacando sigilosamente una flecha de su carcaj, con la que dará muerte a aquel animal que representa al alma. El nombre de esta última obra, perteneciente a John Gibson: “El amor acariciando al alma mientras se prepara para atormentarla”: sublime, poético, totalmente cierto. Todo pasa. Todo se acaba.

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La exposición termina con el concepto del “Romanticismo”, corriente que siguió al Neoclasicismo en una forma de reacción revolucionaria, oponiéndose a éste, prefiriendo al corazón que al intelecto y la razón. Aparece esto para mostrarnos que todo terminó, que la belleza y la virtud son efímeras, nada es para siempre, todo se acaba. El Neoclasicismo ha alcanzado su fin, y llegan entonces unos hombres perdidos, solos, melancólicos, que se han dado cuenta que la razón, así como la ciencia y la religión, tampoco es la respuesta a la vida, y optan entonces por preguntarse dentro de ellos mismos, y ver si allí, donde radican sus más puros miedos y sentimientos, es que logran encontrar la verdad. Antes de salir de la exposición, se muestra por último una pintura que refleja a una mujer pobre cargando con sus hijos sucios e igual de tristes. Los seres que se encuentran en las salas que uno ha dejado atrás son Dioses; estos que se muestran ahora frente a nuestros ojos, son seres humanos, como todos nosotros. Un triste pero bello recordatorio para salir de allí con un suspiro, fuente de la magia del tiempo, fuente de verdad, de virtud y belleza.

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Roma: Poesía visual entre dos mundos

image.pngEn una obra biográfica es sencillo caer en el bucolismo e idealización propios del recuerdo de un tiempo pasado, sobre todo si el narrador ha intervenido o contemplado los hechos de forma indirecta. Sin tomar realmente partida en ellos.

Una historia llena de adornos e imprecisiones formales, podría ser el deleite de un espectador desconocedor de los hechos narrados, pero producir cierto excepticismo en los protagonistas reales de lo que se plasma en pantalla.

Con la película Roma, que narra un trozo de vida de Cleo, una chica de origen mixteco que trabaja para una familia de clase media-alta en Ciudad de México, habría sido fácil caer en la idealización y maquillaje al contar el transcurso de su historia. Sobre todo si se tiene en cuenta que el director de la misma, Alfonso Cuarón formaba parte de la familia en torno a la que giraba la vida de Cleo.                                                                                       Con una sensibilidad exquisita, Cuarón narra la historia de su niñera de una forma cruda y desnuda, centrándose en el  punto de vista del personaje, sin que ningún otro secundario le robe protagonismo ni plano.  Cleo es el centro de la película y su papel evoluciona con una fluidez deliciosa a lo largo del metraje.

La capacidad pasmosa de Yalitza Aparicio para mantener los silencios y la mirada y transmitir con ellos lo que siente el personaje en cada momento, hipnotiza al espectador que siente cómo el personaje se va rompiendo por dentro de una forma conmovedora, hasta que le estallan las costuras y por fin Cleo es arropada por un mundo al que solo servía y al que hasta ese momento no se sentía pertenecer.

En lo relativo a aspectos formales, son destacables el uso de la fotografía, espacios y personajes secundarios, que envuelven la narración en un halo de verosimilitud y contrastes, sostenido por pausas y planos fijos en momentos precisos de la narración.

Con encuadres amplios y a foco, cuidando la composición plástica, perspectiva y estructuras arquitectónicas y grandes planos secuencia, se expone un mundo inabarcable, favorecido por el uso del objetivo gran angular. Los espacios, se muestran llenos de elementos y recuerdos inservibles, que intentan llenar un vacío tan inmenso que resulta agorafóbico. Personajes diminutos como Cleo transitan por dichos ambientes, sin llegar a pertenecer del todo a ninguno ellos. Saltando del asfalto de la capital al barro de los asentamientos rurales.

La dirección de arte, sumada al dominio de la cámara, sin duda es uno de los aspectos que más favorece a la inmersión total en los espacios y en la época en la que suceden los hechos. Cada desorden, luz y presencia o ausencia de atmósferas recargadas acompañan a la narración y personajes de una forma sutil y orquestada.

Roma es una película de contrastes, en la que el folcklore y la miseria se entremezclan con las luces de neón y las cenas ostentosas de la clase media-alta. Una sociedad blanca y pudiente, somete y doma la vida natural, el mundo animal y el indígena. Las cabezas de los perros guardianes de las generaciones de la familia disecadas en la pared, naturalezas muertas que reflejan que han sido y son los propietarios de la tierra, de los vehículos privados e incluso del idioma castellano. Los indígenas usan autobuses, hablan mixteco y solo aspiran a servir, contemplando a su alrededor un mundo al que solo pueden aspirar.

Hay quien intenta huir de ese mundo, bien sea por artes marciales, violencia o simplemente trabajando por una vida mejor, aunque sepan que espiritualmente siempre serán diferentes a los que les dan de comer.

La película, al fin y al cabo es el reflejo de una época y la vida de unas clases sociales concretas. Un padre sin rostro, cuyo coche es más grande que su casa que mientras se preocupa de no rozarlo con las paredes, no se fija en los excrementos que pisa irremediablemente durante el proceso. Quizá Cuarón nos quiera mostrar sutilmente una clase que ostenta más de lo que se puede permitir, que mientras se molesta por mantener su estatus impoluto, se llena de mierda los bajos.

En definitiva, Roma es un trozo de vida en la que merece la pena deleitarse.  Sumergirse en cada plano y sentirse uno más de la familia Cuarón, dejarse llevar por la paz y serenidad que transmite Cleo y aprender que la vida sigue a pesar de las cicatrices.

Título original:Roma

Año:2018

Duración:135 min.

País:México

Dirección:Alfonso Cuarón Guion: Alfonso Cuarón Fotografía:Alfonso Cuarón (B&W)

Reparto:Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Marco Graf, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Daniela Demesa, Nancy García García, Verónica García, Latin Lover, Enoc Leaño, Clementina Guadarrama, Andy Cortés, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero

Productora:Coproducción México-Estados Unidos; Participant Media / Esperanto Filmoj. Distribuida por Netflix

Género:Drama | Años 70. Familia

Sinopsis:Cleo (Yalitza Aparicio) es la joven sirvienta de una familia que vive en la Colonia Roma, barrio de clase media-alta de Ciudad de México. En esta carta de amor a las mujeres que lo criaron, Cuarón se inspira en su propia infancia para pintar un retrato realista y emotivo de los conflictos domésticos y las jerarquías sociales durante la agitación política de la década de los 70. (FILMAFFINITY)

ROMA, el mejor homenaje cinematográfico que se le ha hecho a México hasta el momento

Por: Víctor Daniel López  < VDL >

Se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Venecia el pasado agosto, ganó el León de Oro a mejor película, dos Globo de Oro (a mejor director y a mejor película extranjera), obtuvo el tercer lugar en el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Toronto, cuenta con 7 nominaciones a los premios BAFTA, y es la candidata a ganar al menos 3 de los próximos premios Óscar 2019. Se trata de la película mexicana “Roma”, dirigida por Alfonso Cuarón y que ha desencadenado muchas emociones, así como marcado un hito dentro de la historia del cine mexicano. Muchos la consideran una obra maestra, varios críticos como “la mejor película del cine mexicano”, a un público le parece grandiosa, y a otro, poco entretenida y lenta, pero en lo que sí debemos coincidir todos es en que resulta un filme con una calidad inigualable y que no se acostumbra a manejar en el medio, al menos aquí en México. Es grande, profunda, emotiva.

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La historia es una historia sencilla, la historia de una familia como cualquiera, que vive en la década de los 70s. Si lo que se busca es acción, superhéroes, vehículos a gran velocidad, grandes efectos, comedias románticas y cursis o historias que siempre nos han venido contando, entonces esta película no es de su tipo, y entonces seguramente le parecerá aburrida. Porque para verla, no basta con sentarse y abrir los ojos, para ver “Roma” se necesita también abrir los sentidos, la mente, los recuerdos y, por supuesto, el corazón. Es una historia personal para Cuarón que refleja su niñez, sus miedos, anhelos, la relación que crean los hogares entre una familia y su sirvienta, y cada uno de esos miembros teniendo sus propias luchas y sentimientos; refleja la valentía de la mujer, poniéndola como heroína (como acostumbra a honrarla Alfonso Cuarón), la lucha, la pérdida y la inocencia, y todo ello, en medio de un contexto socio-cultural y político del México de los 70s, donde la diferencia entre clases sociales era abismal, donde el individuo con raíces indígenas no tenía las mismas oportunidades e incluso se le discriminaba (y aún hoy en día no ha cambiado mucho esa parte), donde gobernaba el régimen del PRI con una represión disfrazada, la matanza del famoso Halconazo que dejó tantos muertos, la pobreza en varias zonas del Estado de México, la urbe y el crecimiento en desarrollo del centro de la ciudad.

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Desde el momento en que uno se sienta a ver la película, deja de ser uno mismo, y entonces es como si formara parte de aquella familia que muestra sus historias expuestas al desnudo. Uno se convierte uno de ellos, uno viaja al pasado entre los bellos sonidos del afilador, de la campanilla del camión de la basura, del globero, la banda de guerra, el vendedor de plátanos, el camotero o el vendedor de nieves, el lavadero, los taxis cocodrilo, el tranvía… todos esos sonidos que se convierten inmediatamente en imágenes vivas, e incluso podría llegar a decirse que hasta en olores, trayendo así una hermosa nostalgia capaz de sacar varias lágrimas y hacer temblar al corazón, pues los de edad más avanzada recuerdan su infancia, sus días lejanos, las calles que caminaron, los amigos con los que jugaron, el tiempo que una vez fue, y ahora, pareciera que vuelve a ser, como por arte de magia, como si se tratase de un sueño real. Viajar al pasado es posible, Alfonso Cuarón lo ha demostrado.

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En cuanto a los elementos, está de más decirlo, pero por si a alguien le queda duda, el guion es delicioso, la fotografía es perfecta, la mezcla de sonido es innovadora y extraordinaria (uno se siente dentro de la casa tomando un asiento a la mesa, caminando en las calles de la colonia Roma, dentro del cine Metropólitan, en una de las camillas en medio de todo el ajetreo del IMSS, o incluso dentro de la ferocidad del mar), la dirección de cámaras no tiene nombre (cómo le hizo para filmar la escena clímax de la playa, quién sabe, pero resulta una genialidad), la actuación de Yalitza, ni qué decir, espléndida y con mucha honestidad. “Roma” es una película que entra dentro del denominado “cine intimista”; aquí no se busca una historia, sino emociones, por eso es que cada escena resulta poesía para los sentidos, reflejando lo más profundo de los sentimientos de los protagonistas, creando postales grandiosas de un México de hace casi cinco décadas y que ahora ya sólo queda algún que otro resto. Roma es, quizá, el mejor homenaje cinematográfico a México que se le ha hecho hasta el momento. Es un himno, un grito, una declaración de amor.

Por lo tanto, ésta representa la película más personal del director, y con esto se comprueba una vez más que cuando se hace arte con toda la sinceridad del mundo, desde las entrañas, desde lo más profundo e íntimo del creador, y con amor, el resultado es una obra de gran belleza, perfecta, una obra de arte que ha logrado congelar los sentimientos de una mujer u hombre, y exponerlos, para demostrar que los humanos no somos diferentes, que somos todos iguales, que todos sentimos, gozamos y sufrimos lo mismo.

Pequeños Mundos (Composiciones e Improvisaciones) de Kandinsky

Por: Víctor Daniel López  < VDL >

Pequeños mundos” es el título de la exposición de Kandinsky que se está presentando en México desde el pasado octubre, dentro del museo del Palacio de Bellas Artes, y que aún estará hasta finales de este mes de enero, para quien no haya tenido ocasión de asistir. Es una gran oportunidad para poder conocer la trayectoria del artista en cada una de las corrientes que exploró, como el impresionismo o el fauvismo, hasta que al final lo llevaron toda su experiencia, inspiración y conocimientos a ser uno de los precursores del arte abstracto. Con el apoyo visual de más de cincuenta obras (traídas de museos como el State Tretyakov Gallery, el Pushkin State Museum of Fine Arts, el Centre Georges Pompidou de París, el Solomon R. Guggenheim o el MOMA de Nueva York), el espectador podrá adentrarse en su universo, comprenderlo, casi tocarlo, así como también conocer su vida personal y los motivos que lo llevaron a inclinarse por la pintura y por seguir tal o cual estilo.

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La excelente curaduría de “Pequeños mundos” nos invita a descubrir los secretos que se esconden detrás de esas formas geométricas llenas de colores tan vivos, y que parecieran estarse moviendo aún en la quietud, como si fuera una fiesta en silencio. La influencia que obtiene Kandinsky de la música de Schönberg o Wagner es crucial para su arte, pues el pintor ruso afirmaba que si uno cerraba los ojos al oír alguna pieza sinfónica y ponía todos los sentidos y la consciencia en ella, podía llegar a sentirla, tanto, que hasta podía llegar a dársele a la música colores y formas. El resultado de tal muestra son, por ejemplo, sus obras conocidas como “Impresiones”, grandes pinturas que parecieran tener vida por sí propias y que pueden llegar a hablarnos al oído sin siquiera emitir sonido alguno, únicamente explosiones de color, sombra, múltiples composiciones. Su arte, muchas veces, es mera improvisación, tal cual lo siente, lo expresa; tal cual percibe, lo plasma; crea, no a partir de la nada, sino del todo que conforma el universo, muchas veces oculto y no visible en lo cotidiano y lógico, sino allá en donde se necesita tener las puertas de la percepción más que abiertas para dejar entrar la magia invisible que siempre se encuentra a nuestro alrededor.

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Se dice que Kandinsky era sinestésico por tener esa mezcla de sus sentidos, yo digo que era más que eso, pues no sólo veía colores en la música, ni hacía percibir notas en sus formas geométricas, sino que fue más allá, explorando nuevas técnicas de crear arte, de unir técnicas, de romper reglas, innovando en la forma de dar vida a los sentimientos, a las emociones y a las palabras ocultas. Vasili vivió en Múnich, Moscú, en Weimar, Dessau y en París; estudió para ser abogado e intentó dedicar también su vida a ser economista y etnógrafo; fue sumo amante de la ciencia y la biología (hecho que se ve demostrado en sus pinturas que conforman la última sección de la exposición, llamada “Microcosmos”); fue maestro de la célebre Bauhaus alemana, fundada con el objetivo de crear una reforma en la educación y creación artística; convivió con varios de los grandes artistas del siglo XX y tuvo influencias de grandes pintores como Monet, Matisse y Fauves; vivió el comunismo, y también el nazismo; escribió los libros de cabecera para los estudios de pintura “De lo espiritual en el arte” (1910) y “Punto y línea sobre el plano” (1926); y todo esto lo llevó a verse inmiscuido en diferentes ambientes culturales, diversos estilos y corrientes, empaparse de numerosas ideologías tanto sociales como políticas, para así crear un estilo único que habría de pasar a la historia y que hoy en día sigue siendo base para numerosos artistas contemporáneos.

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